El vendado de pies en China: Los pies de loto

Radiografía de pies de loto. Fuente: Wikimedia Commons

Desde el siglo X se practicó en China el vendado de pies. Esta práctica consistía en deformar la forma natural del pie de algunas mujeres para darle una forma más deseable, de aspecto cónico y de pequeño tamaño, a veces llegando a ser de escasos once centímetros. A estos pies deformados se los llamaba "pies de loto". Las mujeres que habían sido objeto de esta práctica, tenían una movilidad más reducida y les era más difícil llevar a cabo trabajos físicos. Por este motivo, los pies de loto estaban reservados a mujeres de clase acomodada. 
El origen de esta costumbre es un tanto discutido. La primera referencia conocida procede del emperador Li Yu de la dinastía Tang, en el siglo X. Se dice que mandó hacer una escultura en forma de loto de casi dos metros de altura decorado con piedras preciosas. Le pidió a su concubina Yao Niang que se vendase los pies en forma de luna creciente y bailase en los pétalos de la flor. Este baile fue tan llamativo que otras bailarinas pronto la imitaron. La evidencia arqueológica más antigua de una mujer con los pies vendados data de 1243. 

Los pies pequeños se consideraban en china un signo de belleza y erotismo desde una época muy antigua. Igualmente, la forma de andar de las mujeres con pies vendados se creía muy delicada y femenina. Algunos hombres sentían atracción hacia el olor característico de los pies de loto, ya que los profundos plegados que se formaban en la carne hacían que tuvieran más bacterias. Por el contrario, algunos hombres preferían no ver los pies desnudos de su esposa, que siempre los llevaba vendados o con diminutos zapatos. 

Niña con los pies vendados. Fuente: Wikimedia Commons

Las dificultades que comportaba esta deformidad para trabajar hacía que el vendado de pies estuviera limitado a las mujeres de alto estrato social, cuyas familias sabían que llevarían una vida acomodada bajo la protección de su marido. El vendado también fue practicado en las familias pobres, ya que daba a sus hijas más posibilidades de lograr un matrimonio con un hombre de clase alta. Normalmente, se vendaban los pies de la hija mayor de la familia, esperando que esta consiguiera un marido rico y pudiera emplear a sus hermanas como criadas.

El proceso de vendado de pies se iniciaba cuando el empeine no se había desarrollado del todo, entre las edades de cuatro y nueve años. El vendado se iniciaba en invierno para que el frío aliviara un poco el dolor extremo que causaba la deformación en las niñas. Además, las uñas se cortaban el máximo posible para que no se clavaran en la carne. El pie se vendaba con tiras de algodón empapadas en una mezcla de sangre animal y plantas para ablandar el pie. Para conseguir la forma deseada, todos los dedos excepto el pulgar se doblaban hacia la planta del pie, partiéndolos, y se mantenían en ese lugar mediante las vendas. El pie, además, se estiraba para ser una continuación de la pierna en línea recta, como si estuviera perpetuamente de puntillas. Otra venda apretaba la punta del pie hacia el talón para lograr una forma muy arqueada. Las vendas se cosían para que la niña no pudiera soltarlas o aflojarlas por su cuenta.

Fotografía de pies de loto. Foto: Wikimedia Commons

Las vendas se quitaban con frecuencia para cortar las uñas, lavar el pie y comprobar el estado del vendaje. Los pies se masajeaban y a veces incluso se golpeaban para hacerlos más maleables. Después, se remojaban para tratar de eliminar el tejido necrosado. Finalmente, volvían a vendarse, cada vez con más fuerza, para conseguir el aspecto codiciado. Las vendas solían sustituirse por otras nuevas una vez al día. Era recomendable que la madre no fuera la encargada de vendar los pies de su hija porque era susceptible de sentir clemencia de su dolor y atar las vendas tan apretadas como debía.

No es difícil darse cuenta de que esta alteración deliberada de la forma del pie podía comportar problemas de salud. A pesar del minucioso cuidado que se tenía al retirar las vendas cada día, las uñas podían clavarse y enquistarse, provocando infecciones. A veces las uñas se arrancaban para prevenir este problema. Además, la circulación era muy débil en los pies debido al apretado vendaje, por eso las heridas solían curar mal y a menudo se caía alguno de los dedos de los pies. Esto no era un punto negativo, sin embargo, porque, al tener menos dedos, la forma del pie se hacía más afilada. En los vendajes de las niñas con dedos rechonchos, a menudo se incluían trozos de cristal u otros objetos punzantes para intentar provocar la caída de algún dedo. En el peor de los casos, las niñas podían sufrir infecciones que llevasen a la gangrena. 

Zapato adaptado a la forma del pie vendado. Fuente: Wikimedia Commons

Cuando el vendado funcionaba exitosamente, estos pies diminutos dificultaban el movimiento de la mujer. Obligaban a andar en pasos cortos y hacían que las mujeres tuvieran que desplazarse con una especie de balanceo. Esta forma de andar resultaba muy codiciada, llevando a que las mujeres que no tenían los pies vendados las imitaran e incluso vistieran unos zapatos especiales con una alta suela de madera que obligaba a moverse de forma parecida. 

A lo largo de la historia del vendado de pies siempre hubo fuertes críticas, tanto desde Oriente como desde Occidente. En el siglo XIX se crearon varias sociedades, a menudo lideradas por misioneros cristianos, que hacían a sus miembros comprometerse a nunca vendar los pies de sus hijas y a no permitir a sus hijos casarse con una mujer con pies de loto. Aún así, la práctica continuó hasta el siglo XX, sin haberse prohibido en ningún momento. Bajo el régimen comunista, las mujeres con pies vendados eran estigmatizadas y la práctica fue desapareciendo paulatinamente. 

La finalidad de esta práctica era, en origen, estética y erótica. La moda de la época y las tradiciones chinas también jugaron un papel importante. Algunos estudios contemporáneos feministas han considerado que la finalidad última de los pies vendados era mantener a la mujer en el hogar, incapacitada para hacer otros trabajos físicos y haciendo que apenas pudiera salir de casa. Es difícil saber si esta era la motivación originaria para vendar los pies, pero la incapacidad de las mujeres con pies de loto se convirtió en una realidad. 

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